Hoy, cuando elegimos dónde comer, muchas veces terminamos buscando el lugar nuevo, los interiores aesthetic o ese restaurante del que todo el mundo parece estar hablando.
Pero hay otros lugares que te llaman por razones completamente distintas.
El pequeño restaurante con apenas unas cuantas mesas. La carta que lleva años ahí. Los cocineros que han trabajado juntos durante más tiempo del que muchos restaurantes llevan abiertos. El lugar al que tus padres recuerdan haber ido cuando eran jóvenes, o ese del que un amiga te cuenta que su papá llevaba a su mamá cuando salían juntos.
Ese restaurante de siempre en el que piensas un domingo cuando simplemente quieres comer algo especial.
Así llegué a Elia.
Y cuando empecé a conocer un poco más sobre su historia, entendí que todas esas historias no eran una coincidencia.
La historia de Elia se remonta a mucho antes de mis propios recuerdos del restaurante. Sus raíces se remontan a la década de 1930, cuando Elia y Guillermo Tomasevich tenían una pequeña bodega en Magdalena del Marconocida por el pan recién horneado, las pastas hechas a mano y las recetas italianas de Elia. En aquella época, su bodega era considerada una de las primeras, si no la única, de la avenida Javier Prado, cuando el barrio era muy distinto a como lo conocemos hoy.
Después de tantos años, creo que no hay vecino que haya crecido o vivido en Magdalena que no conozca Elia, aunque sea de nombre. Es uno de esos lugares que terminan convirtiéndose en parte del barrio y de las historias de quienes viven alrededor.
Años despues, en 1981, su hijo, Guillermo Tomasevich, abrió lo que se convertiría en Elia Ristoranteconvirtiendo esa tradición gastronómica familiar en un restaurante propio.
Más de cuatro décadas después, Elia sigue ahí. Pero lo que me parece aún más especial es que continúa siendo un restaurante familiarcon una nueva generación que continúa formando parte de su historia.
Hoy, Pía Tomasevich, hija de Guillermo y nieta de Elia, forma parte de la generación que continúa esa historia familiar. Y su participación va mucho más allá de estar detrás del negocio: Pía está muy presente en el día a día del restaurante, así que es muy posible que la encuentres ahí cuando visites Elia. Para mí, esa presencia constante de la familia es parte de lo que hace que Elia siga sintiéndose tan cercano después de tantos años.
Y esa continuidad va más allá de la propia familia. Algunos miembros del equipo llevan más de 30 años formando parte de Elia. Entre ellos están Reynero y Esteban, dos de los mozos con más años en el restaurante.
Lo que más me gusta de Elia es su techo de madera lleno de botellas de vino. Y, de alguna manera, me parece perfecto. Como el vino, hay lugares que se vuelven más interesantes con el tiempo, llevando consigo a las personas, las conversaciones y los recuerdos de todos los años que han pasado.
Elia no intenta parecer el restaurante más nuevo de Lima, y tampoco quisiera que lo hiciera.
Tiene algo íntimo y familiar. Es el tipo de lugar donde puedes disfrutar de un almuerzo largo, volver con tu familia o simplemente regresar porque ya sabes exactamente qué quieres pedir.
La última vez que fui a Elia, empezamos con el Carpaccio de Lomo y seguimos con uno de los platos que ahora asocio con el restaurante: el Pepper Steak, acompañado de cappelletti a la crema.
Y creo que esa es otra parte del encanto de Elia. No vienes buscando el plato más nuevo de Lima ni lo que esté de moda ese mes.
Vienes por esa comida que recuerdas y que quieres volver a pedir la próxima vez que regreses.
Para mí, Elia es definitivamente uno de mis lugares favoritos en Lima para comer comida italiana. Es uno de esos restaurantes a los que vuelvo por sus sabores, por la familiaridad de sus platos y porque, después de tantos años, sigue conservando aquello que lo convirtió en un clásico.



La relación de Elia con la pasta también va más allá de los platos que llegan a sus mesas. Durante años, la familia ha producido las pastas frescas utilizadas en el restaurante y esa experiencia ha seguido evolucionando con la siguiente generación.
Sebastián Tomasevich, nieto de Elia, está hoy detrás de Azoka, un proyecto que lleva parte de esa tradición gastronómica familiar más allá del restaurante. Azoka produce pastas frescas, panes, pastelitos salados y otros alimentos listos para preparar, sin conservantes, que son empacados al vacío para su conservación. Actualmente, sus productos se pueden encontrar en congeladoras ubicadas en bodegas de la zona alrededor de Elia y también llegan a universidades. Su nombre, Azoka, significa “mercado” en euskera, el idioma vasco.
Esta parte de la historia me gusta especialmente porque demuestra que mantener vivas las tradiciones de un restaurante no significa necesariamente dejar todo exactamente como estaba. Un negocio familiar puede evolucionar, crear algo nuevo y, al mismo tiempo, continuar con una tradición que comenzó generaciones atrás.
Hay otro lado de Elia que se siente particularmente peruano.
Los fines de semana por la mañana, el restaurante sirve un desayuno tradicional peruano, con clásicos como tamal y chicharrón.
Y, de alguna manera, el domingo por la mañana también se siente como el momento perfecto para disfrutar de Elia.
Es el tipo de lugar al que vas con tu familia, te sientas alrededor de la mesa sin apuro y disfrutas de uno de esos desayunos que se sienten más como un ritual de domingo que como simplemente salir a comer.
Ubicación: Magdalena del Mar, Lima, Peru
Dirección: Av. Javier Prado Oeste 299, Magdalena del Mar
Cocina: Italo-peruana
Ideal para Almuerzos familiares, cenas y desayunos de fin de semana
Reservas: +51 1 261 0720 / +51 1 262 9508
WhatsApp: +51 945 897 710
Instagram: @elia_ristorante
Siempre habrá un nuevo restaurante abriendo en Lima, una nueva mesa que todos quieren reservar y un nuevo lugar apareciendo en nuestros feeds de instagram.
Y a mí también me encanta descubrirlos, pero Elia me recordó que no todo lo que vale la pena descubrir tiene que ser nuevo.
A veces los lugares que vale la pena descubrir son aquellos que han estado ahí todo este tiempo.
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